Letras del mundo
ESCRITORES CONTEMPORÁNEOS
DIRECTORA: Norma Segades - Manias
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24/11/2006
 Encomio de los cuernos
El doctor Justo Ovelia, conocido sinólogo del barrio y obsesivo estudioso de las “Técnicas de engarrafar agua mineral (1) entre los beréberes” ha debido de viajar al extranjero y como vive solo tomó antes la previsión de pedir a mi familia el cuidado de la casa, depositar algún dinero para solventar gastos durante su ausencia prevista en no menos de seis meses y dejarme una escueta saluda caligrafiada agradeciéndome resolver cualquier situación “de índole judicial o policial” que pudiera presentarse en este lapso. Siempre me sorprendieron las reacciones de mi vecino pero este supuesto allanamiento de la gendarmería forense me produjo cierta zozobra no exenta de curiosidad. Que una patrulla de la comisaría decidiera súbitamente agraviar con sospechas el domicilio de un hombre que vive estudiando el rotulado de la Dinastía Shang y las diversas manipulaciones previas al envasado de agua bajo los diferentes sucesivos califatos me parecía propio de una mentalidad obtusa, muy lejos de las previsiones de mi ilustre aunque anónimo vecino. Entre las discordes y tenuemente contradictorias directivas que nos adscribió figuraba una inspección ocular (así lo dejó escrito, como si yo o mi familia fuésemos a tantear mobiliarios y enseres en la oscuridad) de toda la casa cada diez días. En una de esas excursiones por la mansión, (que es amplia, tiene dos plantas y quizás unas veinte habitaciones que ocupan alternativamente el doctor Ovelia y su gato al que llevó consigo librándonos de la fastidiosa tarea de cuidarlo, ya que se trata de un cuadrúpedo áspero y lesivo), encontré el escrito que figura bajo el turbador título de “Encomio de los cuernos”; panfleto que supongo traducido de alguna homilía procaz al uso oriental o de quién sabe qué fuente tan original como el pecado. Pongo las manos en el fuego en nombre del sinólogo a quien conocemos desde que nos mudamos al elegante barrio “Las Gardenias” hace unos veinte años. El doctor Justo, justo es decirlo, se aplica con insistencia casi malsana a los dictámenes de su ética protestante y jamás condescendería a redactar algo nocivo o con intenciones aviesas o traviesas. Aunque milito en el cursillismo católico, me considero una especie de revisionista dogmático y la copia y divulgación de este curioso documento no zahiere mi alma inmunizada por el salterio y el Libro de Job. Queden en paz los doctores de la Iglesia; todas las vírgenes que soportaron con ahínco el asalto de sus pudores por parte de –casi siempre- lúbricos italianos en tiempos del Imperio; castos y legales concúbitos que jamás mancillaron los ajuares domésticos con intromisiones de terceros o terceras. Quede en paz todo el mundo de los probos contra esta prueba activa de la canallería sensual elevada a misión redentora por quién sabe qué oscuro oriental pervertido de ojos y moral oblicuos. No me mueve más que la curiosidad y el sentido de la solidaridad al propagar esta advertencia. Vaya la prédica para amonestación de los justos ya que el inicuo, con pasión contumaz, jamás se dejará persuadir acerca de las ventajas de la vida conyugal libre del león del adulterio. Ignoro con qué intenciones el doctor Justo Ovelia recopiló esta pancarta malsana ya que nadie más libre que él, soltero consuetudinario, de las acechanzas de la infidelidad conyugal. Tal vez fue estafado en su buena fe y lo compró, como suele hacerlo, en un bazar magrebí a un buhonero que lo anunciaba como reliquia autógrafa del Emir de Tesalónica. Quizás abonaba la intención de hacérmela llegar o propalar entre los vecinos pacíficos el libelo adulterino para advertir el peligro. Adulterado en sus formas, ya que no me pude resistir a retocar el estilo decorativamente gentil que usaba el autor, lo doy a la prédica de todos, que es la forma más sencilla de decir nadie. Supo el sabio Ab-ahl-ami que entre los axiomas del difundo Euclides Geómetra figuraba uno que enunciaba que “dos líneas paralelas jamás se cruzarán aunque se las prolongue hasta el infinito” y, contra tal precepto que confirma la razón hasta del hombre más torpe, por ser evidente en sí mismo sin requisitos de demostración, se alza la voz de un Imán, un pastor, un Papa o un Pope quienes, amparados en rutinarias escrituras anónimas, quieren cruzar dos destinos y no conforme con hacer de ellos una cruz, reclaman atarlos de por vida hasta el infinito. Lo que no puede la Geometría –ciencia de las mediciones demostrables- lo quiere la Teología, ciencia de las afirmaciones indemostrables. El lazo matrimonial asfixia por igual al hombre y a la mujer. Basta repasar con neutral criterio la historia entera para saber que los amores más apasionados nacieron y ardieron lejos del lecho conyugal. La alcoba marital es el patíbulo de cualquier pasión, por ardiente que fuere. El sexo se sustenta en las sombras, respira en la clandestinidad, se abona con el fermento del anonimato o la ocultación. La posesión anatómica del cuerpo ajeno se basa en el vil traslado del derecho a la propiedad privada extendido indebidamente al dominio físico de otra persona y si reaccionamos enfáticamente contra la esclavitud, ¿por qué nos resignamos a seguir pasivamente con la mala costumbre de atar la gente de por vida en yuntas como si fuesen bestias de tiro? ¿No constituye otra flagrante forma de mita, encomienda o yanaconazgo cívico-sexual esta donación de nuestra libertad individual más íntima; esta capitulación de nuestra patria-potestad erótica? Yace hace milenios la sensualidad humana sepultada bajo la lápida del consorcio marital. Miles de hombres y mujeres se agostan inútilmente siguiendo la receta ajada de la fidelidad al vínculo dual amparándose en la cuestión material de la propiedad privada. El razonamiento que sustenta esta hiperbólica costumbre social degenerada en jurisprudencia podría resumirse de este modo: Toda persona es mortal, soy persona: luego, moriré y mis bienes quedarán bajo la custodia de mis hijos. Si soy fiel tendré la seguridad de que mis hijos son míos y así, el arduo esfuerzo de mi trabajo no beneficiará a un extraño. Analizando bajo sospecha este razonamiento comprobaremos que sólo tiene vigencia para la mujer y descansa en un cálculo materialista y mezquino. Ya está dividiendo la sociedad entre “mis hijos legítimos” y “los otros”. Como es costumbre ancestral, deposita los deberes en la mujer y los derechos en el hombre. La fidelidad del esposo no es fundamental para asegurar la paternidad y esto culmina en la doble vida que todos sabemos llevar y callar entre caballeros. Pero aún si la mujer decidiera quebrantar esta norma anormal y devinieran frutos foráneos en la casa familiar, ¿no estaríamos cumpliendo el ideal que el finado Platón programó en su “República”? Los hijos serían un bien público al que todos deberíamos prestar asistencia obligatoria ya que el niño rollizo de la vecina que alguna vez visitó mi lecho bien podría ser mi progenie, como así también la cándida escolar que cada mañana me saluda creyéndome un simpático conocido cuando soy nada más y nada menos que su padre biológico aunque ambos lo ignoremos.[1] De esta manera desaparecerían los niños de la calle por los que tantas ONGs, fundaciones y fundiciones laboran en confortables oficinas acondicionadas imprimiendo folletos con instrucciones sociales, elaborando estadísticas, arduas investigaciones acerca de causas y consecuencias sin dar con la salida al laberinto de perdición que es la calle en la que cada vez más y más niños y niñas adquieren destrezas poco recomendables. Decir fidelidad es contradecir celos, ese castigo antediluviano de la raza que amargó más de una vida decente con la sombra de la sospecha elevada a hipóstasis de la existencia. En la mente de quien padece celos la coyunda sexual pasa (para exponerlo en términos aristotélicos) de la potencia al acto en cuestión de segundos y todos sabemos entre caballeros lo arduo que resulta a veces pasar al acto por falta de potencia cosa que nuestras esposas / dueñas / amas ignoran en su imaginación fascinerosa. Esposa que no sospecha de su mejor amiga, tiene ojos torvos para con nuestras colegas de trabajo, las vecinas, las ex camaradas de colegiatura, ni qué decir de las secretarias o auxiliares de cualquier índole. Nada escapa al ojo suspicaz de quien duda metódica y cartesianamente de la fidelidad. ¿No será una incubación de su propia mente deseando caballeros ajenos lo que hace suspicaz a las consortes sin suertes? ¿No será que recela en el otro lo que desea para sí? Y esto nos lleva a sugerir que la infidelidad, respetables lectores, anida por igual en hombres y mujeres aunque unos la lleven sistemáticamente a la práctica y las otras se queden casi siempre en el camino envenenado de la teoría. Lo que daña el alma es la intención y ambos por igual son reos de duplicidad que estafa el juramento nupcial inmortal, que se vuelve inmoral. Pero, ¿es naturalmente indispensable la monogamia “quo ad vitam”? Fuera de los considerandos hipotecarios y sucesorios, ¿fortalece los vínculos sociales o antes bien, es un factor permanente de sospechas, disputas, rencillas y hasta refriegas domésticas que no pocas veces culminan en tragedias que estampan las portadas de los diarios sensacionalistas? ¿Por qué empecinarnos en cargar sobre los hombros de hombres y mujeres este pesado yugo que ni siquiera Moisés pudo soportar en las tablas de piedra que, como cuenta la historia si algún judío no la retorció, terminó arrojándolas al becerro, símbolo de la fertilidad natural de la raza? La felicidad queridísimos lectores es en sí, efímera. ¿Por qué habría de ser eterno el amor que no es más que un estado de felicidad vivido a dúo? Pasa, ínclitos lectores. Cede su sitio a la rutina, a la misma mesa, a la misma cama, a las mismas posiciones anatómicas, al desgaste y la usura de los años. Y ya que dijimos años, la edad es la piedra de Sísifo a la que natura nos condenó inocentemente: nada le hemos hecho al nacer para sufrir la maldición del desgaste, las artrosis, la próstata, la menopausia, los taponamientos arteriales, la diabetes o la gota. Si algo alivia al hombre y la mujer en la edad madura es el bálsamo de la juventud, aunque fuese prestada. ¿Quién, aunque hubiese propasado la barrera de la cuarentena no se inflama de ardores juveniles junto a una cándida joven de veinte años? Y viceversa. Hemos sido testigos de verdaderas resurrecciones hormonales en señoras cincuentonas que adoptaron un entenado de veinte. ¿Qué futuro le espera a esta digna señora al lado del hombre averiado de sesenta años al que las leyes humanas y divinas ataron de por vida? Este mismo señor deteriorado ya hallará recursos de reparación junto a una joven mujer de treinta con olor a espliego y salud. Hasta aquí la traducción del sinólogo, siempre metido entre los vericuetos de su conciencia que alberga, como lo acabamos de constatar, ideas casi subversivas y altamente peligrosas para la paz social basada en la sagrada familia. Copié la traducción traicionando alguna que otra frase para seguir los dictámenes del autor tan contrario a la fidelidad. En cuanto al misterio del doctor Ovelia sigue pareciéndome sospechosa la aplicación insana que invirtió en trasladar al español esta receta impía que, de acatarse, derrumbaría los muros de Jericó que defienden el orden, los pilares de la sociedad, la democracia, la participación ciudadana en la responsabilidad pública, la estabilidad de los títulos bursátiles, las sociedades de fomento barriales, las cooperadoras escolares y quién sabe cuántas cosas más que podrían averiarse si malgastáramos el bien ganancial que es la base del capitalismo. No sé qué otra excusa agregar para silenciar mi conciencia y, en consecuencia, la del sinólogo. Ya saben qué esperar de ahora en más de un hombre que vive con un gato.
________________________________________ [1]N de A: Curiosamente, los culebrones venezolanos vienen insistiendo hace décadas con este mismo asunto y como los tomamos por banalidades, nunca sospechamos los lazos verificables (ADN mediante) de las filiaciones anónimas.
 Rodolfo Alonso. Poeta, traductor y ensayista argentino. Autor de más de 20 libros. Primer traductor de Fernando Pessoa en América Latina (1961). Premio Nacional de Poesía (1997). Orden Alejo Zuloaga de la Universidad de Carabobo (Venezuela, 2002). Palmas Académicas de la Academia Brasileña de Letras (2005). Título de Personalidad Cultural de la Unión Brasileña de Escritores (2005). Premio Único de Ensayo Inédito de la Ciudad de Buenos Aires (2005).
El viejo y el mal.
Pocas grandes figuras hay en la literatura anglosajona de este siglo que, como la de Ezra Loomis Pound (nacido en un villorrio del Middle West norteamericano en 1885), hayan alcanzado tanta significación. Afincado en Europa desde 1908, no sólo tuvo un papel descollante en movimientos tan fecundos como el imaginismo y en publicaciones tan legendarias como la revista Poetry, de Harriet Monroe, sino que a él se debe prácticamente la aparición en 1922, fecha clave si las hay, de los dos libros que marcaron un cambio radical en la concepción de la novela y de la poesía: el Ulises de James Joyce y La tierra baldía de T. S. Eliot, el último de los cuales le fue como se sabe dedicado con la precisa calificación de “il miglior fabbro”. Sus versiones de los grandes poetas provenzales, chinos, egipcios, griegos y romanos revolucionaron a la vez la poesía anglosajona y el concepto mismo de la traducción, ya que no se atenían en absoluto a los anteriores criterios académicos sino a su muy personal idea de hacerlos resurgir como poesía viva en la propia contemporaneidad, lo cual se iba a convertir asimismo en la vertiente acaso dominante de su obra, reunida sobre todo en sus multifacéticos y ambiciosos Cantos. Y, por si esto fuera poco, probablemente a partir de su humanísima visión del injusto poderío que iban adquiriendo ya entonces los poderes financieros, magistralmente retratado en ese Canto XLV, con cuyo bellísimo y tocante texto es imposible al menos para mí no coincidir de todo corazón (“con usura la línea se hace tosca / con usura no hay límites claros / y nadie encuentra sitio para su morada”), Pound que al parecer había llegado a una visión peculiarmente favorable con respecto a las ideas fascistas, insiste en emitir desde la Radio Roma de Mussolini, entre 1941 y 1943, cuando su propio país estaba directamente involucrado en la segunda guerra mundial para acabar con la siniestra pesadilla nazi, una serie de alocuciones radiofónicas (reproducidas en 1976 por la editorial catalana El Laberinto) donde resulta dolorosamente inadmisible que, de aquellas atinadas y hasta bienintencionadas precisiones económicas, se llegue a irracionales arengas racistas y reaccionarias, tan letales que no me animo a citarlas. De todos modos, no es casual que el mismo Pound mencione allí varias veces a Céline, en cierta medida un caso similar al suyo, que se agrega así a una lista resonante, donde se incluye entre otros desde Leni Riefenstahl hasta a Heidegger, y que siempre nos hará angustiarnos ante las relaciones entre belleza y moral. Claro que fue su condición de gran poeta, y de gran poeta capaz de elaborar un hondo y agudo pensamiento crítico, en tantos sentidos iluminador, lo que volvió trágicas las previsibles consecuencias de su estentórea actitud política. Arrestado por los aliados después de la Liberación, fue internado en un campo de prisioneros cerca de Pisa, al parecer en inicuas condiciones que su prestigio e inclusive la dignidad que reflejó siempre su rostro hicieron particularmente penosas. Repatriado, fue juzgado por alta traición y sólo se salvó de la pena capital merced a una pericia psiquiátrica que, al declararlo privado de razón, permitió recluirlo en un manicomio criminal cerca de Washington, donde pese a todo tuvo oportunidad de continuar escribiendo, como lo había hecho siempre mientras estuvo preso. En 1949, no sin escándalo, un jurado relevante le concede el Premio Bollingen. Y en 1958, Pound es finalmente liberado y vuelve a su amada Italia, donde iba a morir en Venecia durante 1972. Las versiones al castellano de su poesía (¿cómo no recordar aquella lograda antología que en 1963 nos brindó nuestro compatriota Carlos Viola Soto?) nos devuelven precisamente a uno de los puntos centrales de esta poética: la posibilidad misma de una traducción. Que, como suele ocurrir por lo general con lenguas no romances, al optar entre nosotros por el sentido sin poder apropiarse del sonido, no ha dejado de continuar acarreando algunas nefastas consecuencias sobre ciertas poéticas contemporáneas aparentemente dominantes, que empobrecen sin duda a una presencia como ésta. Y con respecto a la cual, en cambio, si no bastan sus razones y sus originales, sería suficiente citar a su viejo amigo Eliot: “La originalidad de Pound consiste en haber insistido en que la poesía es un arte, un arte que exige la aplicación y el estudio más arduos; y en haber observado que en nuestra época debe ser un arte consciente en el máximo grado.” Que es lo que hubiéramos querido demostrar.
 Rehén de la colina.
Oh candoroso embriagado entre loros, entre isletas subiendo hasta el nivel de la colina, canta en tu boca el canto ardiente de otra boca, y cuando la sangre sube hasta tus ojos Es porque están quebradas todas las fulguraciones del sollozo en tu pecho. Canta, viejo rehén de la colina. Arde, candoroso de alcohol negro, que con palmas salvajes tienen hijos que retornan al viento, al gemido del clima en el olor áspero y cruel de las arañas del estero, en aquel paisaje de cristal desprendido del fuego. Asombra al mundo en un paisaje de enero, oh demente, oh luz de la humedad. Ah colgado sediento de unos ojos, duerme, duerme bajo la luz del padre al otro extremo del poder y la delicadeza. En tus ojos la berlina del viaje amarillo arde helada. Beso tras beso el pasajero toca la raya de ácido caliente del retorno. Sé piadoso con el otro límite de tu fragilidad, padre aletargado por el sol, presión de la locura de una tierra suspendida en la tela del agua y del fuego.
El riesgo de la verdad.
Caes en mí como una brusca levedad del clima,del agua, de una oblicua y desterrada colina, castigo delicado de un paisaje solamente hollado por su propia demencia. Mi desnudez asume así tu cálido cristal y se destina más al fondo del celo con piel sonriente candente de tu herida. Adorada mía tapizada de rayos, con tu colina bajando todas las aguas de la locura. Niña mía, con la boca cargada del esplendor del plátano, alguien, alguien tiene que depender del canto.
El canto no popular.
Yo, el rastreador, que ha dormido en los atrasos de la luna en los atajos peninsulares, y ahora siento el canto del desahogo, a través del orgulloso coraje oh mis pequeños seres del desamparo, canto mi canto con un lenguaje no popular, pero cercano a vuestros vestidos miserables. El vestido las telas livianas de las mejillas despintadas el olor de los motines talados de la miseria siempre en la flor del fuego del pensamiento destruido sin nacimiento en las coloridas y espléndidas organizaciones de las albas lujosas de todos los días de todos los montones de días ligeros y azucarados por las cañas dulces solares irredentas ininterrumpidas feroces vivientes de la irrectitud siempre anárquica del espacio siempre moderno y siempre solidario con los cantos de las invisibles deidades y de los otros personajes reales asombrados de la miseria de los sucios paisanos que encienden el clavel del esperma nocturno sifilizado y demente y excitado por los cerdos. Oh, en mi escenario, de rodillas. Cocinas conteniendo el aliento del dormido rencor en la palidez del alba. Oh, gente sin viajes, que no puede fumar en el fuego del universo su tabaco de miel arrollada por el invierno, su comida de humo bañando el ligerísimo mosquitero de rabia del color el color que no trajina por las camas y que sólo saluda a la sombra con sombrero del Ave María en el altar de los santos ensordecidos por los fétidos besos. Oh, mí, el rastreador que ha dormido tirado entre los yuyos, entre la ferocidad joyal de las palmeras en el borde del agua, y de una cocina sucia llena de lechos sucios y de tarros con jazmines calentados del ex-alba.
La muerte, la hermandad, la poesía.
(A Oscar Portela, destrozador de erradas telurias, con su mandoble de poesía y de inteligencia, poeta a cuyo empuje formidable y a cuya cultura en acción le debe tanto ya Corrientes. El puede ser -por intermedio de nuestra América- poeta absoluto y absoluto hombre público) Francisco Madariaga. 80/82
I
Vienes bebiendo "el canto de lo múltiple","Corazón solitario". Bebe ahora el milagro del Otro en lo múltiple y de la copa del anti-malhecha con pluma de garza real que hoy te ofrezco en este recibimiento amigo greco-criollo, y escucha hoy esta canción que te saluda, desde el Corrientes de campaña,acá en la Gran Metrópoli errada en su multiplicidad cantada por el mirlo triste y ronco en la rama de asfalto de la Muerte Industrial. Ciudad ramereada por las albas de las Constelaciones de las bajas Mercaderías, puerto donde se ha perdido el alba abandonada de las llanuras delicadas, Gran Mercado de Sueños Impostados, que habrá que saquearlo con Poesía para limpiarlo.Desde acá, bien montado y armado,y con licencia de nuestras correntinas llanuras gateadas,te saludo Canciller para la Rendición de la Filosofía por las Armas de la Caballería de la Poesía, y por obra de la Muerte,que destrina su sudario del luto y lo hace trino de Presencia y de Ausencia.
II
Y así has llegado, tú, Marina, su madre,desalojando del corazón del loretano a su prima la Filosofía:¿La que siempre soñó doblar a la Poesía?,y lo entregas, plenamente, con tu muerte, a la poesía, ah creadora de estos Himnos a la Muerte, bella de la bondad criolla en llamaradas, cantante, también, en mi alma, que es libre para elegir ferozmente la hermandad,y develarla como bella a esa hermandad,y como ardiente hada natural del amor a esa hermandad de la "belleza impune",la poesía. Llegas, Marina, con un aire de inmortalidad pagana,gentil en el color de una más bella gitana entre los dioses,cristiana de oro para el niño que dejaste instalado en la Poesía,y que ahora,libre de mal y de bloques que lo separan de la Tierray del Infinito,se arroja al Canto y canta con una alegría negra y blanca y natural,y es,y será hermanode la vida que es Muerte y Muerte Vida.Azul y negro este hombre ahora canta,y nos entrega Himnos a la muerte, como una primavera que en Loreto entrega alas lágrimas sonidos del monte al corazón de una laguna con estrellas.De todo este vasto libro separad a sus Himnos a la Muerte y entregaros a la alegría de una libertad en la muerte,en las entrañas de toda vida,por vida.
Criollo del universo
se están llevando la tarde el calor desprendido del ombligo de una "bruja blanca" salvaje trino este vino del poniente esta "sangre de infinitud" pájaros-luceros que sedientos de brillos+ beben en el agua la forma de un "sueño ultamarino" se están llevando la tarde en un carruaje de agua bordada con flores silvestres soles incubados a punto de ser rubíes de estallar sus campanillas encantadoras de ánimas se están llevando la tarde un caballo desata su último galope y sus clinas al viento son llamas de infinito lágrimas hacia el cielo ángel traspasado por el vendaval de la muerte se están llevando la tarde se están llevando la tarde y mis ojos heridos de distancia.
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